Tazas personalizadas con riffs y acordes
Me he dado cuenta de que, amante de la música como soy;
acérrimo de mis grupos y adicto a riffs, dobles bombos y letras sobre cervezas
y conquistadores de tierras y tiempos lejanos, tengo de todo relacionado con
ello. Salvo tazas personalizadas.
Echando un vistazo a mi armario, me he topado con camisetas
negras, estampadas con nombres y colores chillones. Hace años que no me las
pongo –no sé cómo se me ocurrió ponérmelas algún día-, pero me resisto a
tirarlas.
Las tazas personalizadas, anclas de recuerdos
Son, en cierto modo, el recuerdo de lo que la música ha
hecho de mí. Y de los caminos que, conscientemente o no, he seguido: ésta la
compré en el concierto de; en la tienda donde compré aquélla me acompañaba; la
otra era regalo de. Lugares. Nombres. Personas. Todos ellos en trozos de tela.
Creo que me he puesto un tanto nostálgico.
Y, hoy, por hoy, cuando la edad, la vida y el trabajo te
obligan a seguir otro tipo de moda, ¿qué me recordaría esos sentimientos, esas
sensaciones al escuchar los acordes que, bien combinados, me exaltan y me hacen
sentir? Pues, por qué no, una taza.
Tazas musicales
Cada día, con el primer café, ver la imagen de la portada de
uno de esos malditos discos cuyas canciones no me he sacado de la cabeza por
muchos años que hayan pasado. Ya no que exhibo, con la ropa, mis gustos
musicales –la verdad, con la ropa, igual que con todo, cada día hay menos que
exhibir-, al menos quiero sonreír recordando mis canciones favoritas.
Voy a entrar en la página adecuada de Internet y a encargar
unas cuantas tazas. Una, para mí, otra, para la colección. El resto, para la
pandilla. Por los viejos tiempos.

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